Nadie se explica el por qué. Pero como ya predica el refranero popular: Hay cosas que es mejor que el hombre no sepa.
Gertrudis Acebedo vivía siempre atrapada, su problema era que no era capaz de explicarse por qué su prisión solo tenía dos paredes. Parecía tan sencillo escapar.
Siempre dos opciones la hacían encerrarse tras los barrotes de la decisión adecuada, quizás el miedo a que una equivocación arramplara contra sus seres queridos era la inconsciente razón de su aparente falta de interés por vivir (si consideramos la vida como una sucesión de decisiones), sin embargo, en sus 32 años siempre había seguido un camino derecho, nunca había tomado atajo alguno pero sí se había tomado su tiempo para experimentar en los años, lo que le producía un estigma de inmadurez del que a veces se pavoneaba y del que a veces se arrepentía.
No compartía su vida con nadie, sin embargo, el miedo a la soledad la transformaba en una sociopata ávida de encarcelar conversaciones y conocer personas que la hicieran volar por los senderos que no se aventura a transitar, así es como conocía la existencia de las alternativas, aquellas en las que ahogaba su libertad sin motivo aparente.
Corría en el calendario una tarde de otoño. Trudi, como se presentaba informalmente, sí había tomado la decisión de etiquetar el otoño como su estación preferida, probablemente los salvajes colores habían influido en el desliz. Regresaba a su casa con un compañero de trabajo, Julio Dennis, los pasos les habían conducido a través del Parque dedicado a Pushkin, este estaba ataviado con sus galas otoñales, grandes hojas en el suelo que crujian bajo los zapatos y una brisa fresca que hacía que vestir abrigo fuera una agradable sensación de calidez.
No hablaban demasiado, Julio lanzaba pregunas desesperadas para empezar una conversación pero de Trudi solo salían monosilabos y esto hacía sentirse incomodo al improvisado acompañante que apenas veinte minutos antes había salido por la puerta de la oficina en el mismo instante que ella.
- Siempre he preferido el atardecer al amanecer. ¿Y tú, qué prefieres? - Despúes de agotar todos los temas superficiales y ver la mirada de Trudi mezclada con los colores del atardecer, Julio empezó la jugada metafísica, tan propicia en otoño.
- No podría decirte...¿Por qué elegir entre amanecer o atardecer si lo más bonito es su colorido?.
Nada más pronuncionar la última palabra sintió como se le erizaba el vello del cogote, sintió como un suave soplido detrás de ella. Estaba de nuevo en su cárcel de dos paredes y la brisa se colaba por los huecos vacios. Esta prisión, sin embargo, era hermosa, la pared derecha era amanecer-atardecer y la pared de la izquierda era atardecer-amanecer, ambas formaban una orgía de tonos rosados y violetas entretejidos con finisimos hilos de oro que serpenteaban con violencia entre las fofas y oscuras nubes. Todo el conjunto parecía una batalla durísima entre el día y la noche por el dominio del cielo.
- Soy pacifísta, Julio.
- ¿Perdón, no te escuché?.
- Nada Julio. Decía que para qué elegir, me quedo con los dos. Soy como una especie de hermitaña de las dos fronteras.
- .... -Mientras agachaba la cabeza y perdía adrede el enfoque de sus ojos.
Siguiero caminando hasta que se hizo de noche, pues el toque metafísico-trascedental de la conversación enganchó la atención de Trudi. Charlaron sobre la belleza del sentimiento, sobre la inmensidad de la personalidad y sobre muchos temas cuyo parecido con títulos de libros eruditos es verdaderamente amenazadora.
Al doblar la esquina de Independencia con Constitución la pareja de sabi(hondo)s se toparon con un niño que lloraba por la huida de su globito hacía el cielo, hacía la posguerra que empezaba a mostrar signos de recuperación en forma de estrellas. Helio maldito...perdiste.
- Pobre niño, recuerdo lo mal que me sentía cuando me pasaba lo mismo de chiquito. - Soltó el humo de su cigarrillo acariciando sus labios.
- Imaginate la incertidumbre del globo, viendo cada vez más chiquito a su niño hasta que se da cuenta de que esta perdido.
- Interesante...¿Te parece que me lo cuentes mientras tomamos un cafe?. - Tiró la colilla al suelo y se colocó el cuello de la gabardina.
Por supuesto, Trudi se nego.
domingo, 30 de diciembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario