Esta noche:
Estrenamos nueva sección: análisis pormenorizado.
Aqui, como ejercicio de imaginación, empezaremos a juguetear con el otro lado, ese mundo que esta a la vuelta de la esquina y que solemos pasar de largo.
Hoy: el asfalto de mi calle.
Siendo fieles a la realidad no es mi calle, es la calle en la que se estrella la mía, pero si sigues hacia la derecha, al final encontrarás un pequeño tesoro: una anomalía del espacio-tiempo.
El asfalto, esa mazamorra pestilente que se pega en los zapatos cuando el Sol aprieta, el nuevo suelo donde surgen las raices de nuestra grisacea civilizción ha dejado escapar un guiño del pasado; los viejos adoquines.
Otro prueba de la manía que tenemos por los remiendos.
Si seguimos el trazado de la calle veremos lo falsamente uniforme que resulta el asfalto, más bien veremos un conglomerado de piedrecitas torradas y unidas por la brea, sin embargo, en algunos punto surgen abruptas cordilleras, pliegues de asfalto, con sus consiguientes y profundos valles y al fondo encontramos los huesos de la calle, unos cuadrados bastante más uniformes y geométricos que el caos del asfalto, estilo muy minimalista, aunque de superficie no muy lisa, y doy fe de eso, ya que de niño recuerdo, con sonrisa en la cara, el tembleque del coche de mi padre pasando por calles adoquinadas.
Así es, en ese punto y por arte erosiva, aparece un reducto del pasado. Quizás esos adoquines hayan soportado el casco de los caballos, los primeros tranvías y automóviles, habrán visto enaguas, piernas regordetas que marcaron el estereotipo de belleza hace un siglo, más o menos, y quien sabe que virgerias de la historia.
Se me viene a la cabeza una historia que me contó un hombre agradecido, decía que las primeras calles de Valparaíso, las primeras calles que debían ser adoquinadas, las de los ricos, se construian con los adoquines que hacían de lastre en las grandes naves mercantes que quedaban siniestro trás la travesía del Pacífico.
Con un poco de suerto estos cubos de piedra también tuvieron su pasado de gloria a bordo de una goleta de la armada, con más suerte pertenecieron a una intrépida nave corsaria y antes de reposar sobre el suelo de la ciudad merodearon los siete mares a la caza de maravillosos tesoros. ¿Quién sabe?.¿Quién sabrá?
Resulta curioso que los adoquines en un barco sirvieran para unirlo a la superficie del océano y en la tierra nos sirvieran para estar un poquito más cerca del cielo de nuestra ciudad, de nuestro cielo. Por eso al verlos, asomando timidamente, entre el actual y tendente asfalto, nuestra imaginación vuela muchos años atrás y nos presenta a nuestra ciudad en ropa interior, en plena pubertad, cuando pasaba de pueblo a ciudad industrial.
La verdad es que después de tantos años los únicos adoquines que veo con regularidad son los que me traen de Zaragoza y esos solo me recuerdan la Semana Santa, el Ku Klux Klan y los dentistas, pero ese es otro ejercicio de imaginación retrospectiva.
Muchas gracias por estar con nosotros y les recordamos que esto es solo un piloto.
viernes, 18 de enero de 2008
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