domingo, 13 de enero de 2008

Centella...

Amadeo Picavia. Es un auténtico conjuntivista, nunca sabe por donde salir.

Tiene 25 años, o por lo menos, eso proclama su cédula de identidad, aunque él, y nadie más, sabe que en realidad su edad es menor.

Acaba de egresar de la universidad y encontrar trabajo en un importante bufé de abogados, lo que hace muy felices a sus padres y familiares más cercanos. Eso exactamente es lo que Amadeo ha estado haciendo toda su vida: hacer felices a otras personas. Incluso, dejando aparcada su propia felicidad.

Jamás habría ingresado en la facultad de derecho si no hubiera sido por las presiones familiares y las lecciones sociales que imparten los telediarios y demás medios de comunicación.

Pues bien, ahora trabaja en un importante bufé de abogados, viste elegantes trajes con raya diplomática, corbatas de seda natural y mocasines de ante, sin embargo, su lustroso uniforme y la tarjeta  de diseño que entrega al presentarse no le rescatan de realizar las tareas más tediosas y poco reclamadas por los miles y miles de letrados que adornan las puertas de sus casas con una plaquita de metal grabada.

Mientras estudiaba supo adaptarse a las circunstancias, incluso descubrió temas interesantes, derecho mercantil, derecho comunitario, cualquier adjetivo que hiciera desaparecer el significado anatómico de derecho y lo elevara por las nubes había sido una justificación para sus actos. Pero aguantar cinco años de catedráticos engominados, compañeros de lujo (literalmente), artículos, códigos, sentencias...para terminar negociando la custodia del perro y mediando en la batalla por la colección de dedales de porcelana de la abuela era demasiado trágico.

Joder, Amadeo, ¡quería ser piloto!, pero no vayan a pensar en ese tipo de piloto, nada de uniformes, nada de grandes aviones con nombres de personajes históricos, ni azafatas, ni raciones individuales de jabón, pasta de dientes y un sinfín de artículos que nadie tiene en su cuarto de baño. Amadeo quería ser piloto de avioneta, de esas que fumigan campos, apagan fuegos y llevan correo a lugares remotos, Amadeo quería ser un piloto a la vieja usanza y, como Antoine de Saint-Exupéry, descubrir nuevas y peligrosas rutas aéreas, vestir la mítica chaqueta de cuero desgastado y cuello de borrego que lucían los héroes de la aviación, tener las manos llenas de aceite de motor, en definitiva, ser el único capaz de domar su avión. Podrán comprender que su delicado uniforme italiano no...

Este sueño despegó con un avioncito de madera que recibió una navidad, así que la aviación también era una imposición familiar, de Papá Noel, es verdad, pero a fin de cuentas familiar,  y muy del gusto de Amadeo, así pues desde chico, y no es que alguna vez hubiera sido chica, soñaba con un biplano rojo adornado con poderosas llamaradas y letras doradas que hicieran saber a todos que su avión era: la Centella.

Su felicidad había sido arrebatada, por lo menos una parte importante de ella, sin embargo, Amadeo tenía algo a lo que aferrarse, un pequeño clavo ardiente de júbilo diario del que sostener su articulada, codificada y sentenciada rutina. Llevaba años viviendo auténticos momentos de placer al llegar a casa, desencorbatarse, descamisarse y descalzarse, siempre en idéntico orden, para después frotar sus dedos de la mano con los dedos de su pie izquierdo.

Desde su adolescencia había sentido la llamada de la comezón. Parece ser que se trata de algo hereditario, pues el padre de Amadeo, Salvador, también “padece” este insignificante mal, aunque él, probablemente, no lo viva de igual manera que su primogénito ya que lleva arrastrándolo desde Mayo del 68, año arriba, año abajo.

La cuestión es que, al principio, Amadeo empezó la relación con mal pie (nunca mejor dicho), llegaba a casa con un picor insoportable entre el meñique y el anular, si suponemos que los dedos de la mano y el pie coinciden en nombre,se descamisaba y descalzaba, a esa edad no usaba corbata, y frotaba y frotaba con la intención calmar el picor pero no mejoraba, en cuanto detenía el movimiento, parecido al que se hace con los dedos cuando alguien pide dinero, el picor aumentaba y para rematar, la fricción producía sudor, es decir, lubricante, los dedos resbalaban tan rápido que su efecto era nulo así que era necesario recurrir a técnicas especiales: el calcetín.

Cuanto más fino mejor, pues clavaba sus fibras mucho más profundo. La técnica es sencilla y efectiva, aunque requiere de práctica para llegar a obtener los máximos beneficios.

Se coge el calcetín por cada uno de sus extremos, la experiencia recomienda agarrarlo bien fuerte, después se introduce entre los dedos beneficiarios y se empieza a hacer un movimiento rítmico de arriba-abajo. La velocidad depende de la intensidad de la comezón y el tiempo de empleo, aquí es donde Amadeo pecaba de neófito, relativamente corto, hasta que puedas soportar la comezón que eres capaz de olvidar, pues si sobrepasas la capacidad de resistencia cutánea saldrán unas llagas espantosas aún más molestas que el picor, es decir, el remedio se transformará en algo peor que la enfermedad.

Sin embargo, cuando Amadeo lograba alcanzar el punto justo de velocidad-fuerza-tiempo la sensación de placer era tal que cerraba sus ojos y se dejaba llevar por espacios etéreos donde el ambiente era refrescante y suave, la brisa acariciaba su pelo y se sentía ligero como un pedazo de nube, toda la escena tenía colores pasteles mientras sonaba una dulce melodía, una cajita de música, en definitiva, experimentaba un placer físico, casi sexual.

Hoy día, se niega a ir al dermatólogo alegando que fue una vez y le dijo que era piel reseca, que la solución era mantenerla hidratada, a la pregunta de si tiene hongos en los pies contesta, muy sabiamente, que no es posible porque si fueran hongos se le habría contagiado el otro pie y lleva años con el picor solo en el izquierdo. Así es como mantenía intacto su pequeño tesoro, aunque no era demasiado complicado ya que sus modales burgueses le impedían frotarse en público o enfrente de desconocidos, y eso que la tentación había pesado sobre sus hombros más que el planeta en los de Atlas, aún así siempre esperaba a llegar a la familiaridad del hogar o, en su defecto, a algún lugar discreto.

Amadeo se convirtió con los años es un experto en el arte de rascar sus dedos, usa diferentes posiciones de fricción dependiendo de la zona que más pique y así la relación amor-odio que vivió durante tantos años ahora se ha transformado en un amor platónico.

El ritual diario consiste en desencorbatarse, descamisarse, descalzarse, siempre en idéntico orden, y frotarse los dedos anular y meñique del pie izquierdo hasta alcanzar el nirvana, aquella sensación que solo aparece cuando consigue que los tres factores decisivos del tratamiento coincidan en un punto concreto, aquella sensación etérea que para Amadeo es lo más cerca que estará de volar en su Centella a través del cielo ataviado con la brava chupa de cuero gastado y cuello de borrego.

 

 

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